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26 de marzo de 2020

The virus diaries

Los primeros días que pasamos en cuarentena fueron una aventura. Parecíamos compartir, quienes nos arriesgábamos a la calle, la sensación de estar de excursión en algún territorio exótico. 
Los barbijos como souvenirs, eran a un tiempo la señal que identificaba a quienes "eran parte de algo" aunque  algunos de los que lo llevaban puesto se lo quitaban al llegar a zonas concurridas (!!!). 
Al volver de estas modestas excursiones, los compañeros de piso nos compartíamos el parte diario: 
-hay poca gente, mucha gente, está cerrado  abierto tal o cual negocio, hay policía en tal o cual esquina... etc.
A marchas forzadas se imprimían remeras de "yo sobreviví al Covid-19". La sensación general parecía ser la de  estar siendo testigos del acontecimiento histórico que nos tocaba vivir. 





En pocos días el clima en Barcelona cambió. El viento y las nubes de tormenta acompañaban una sombría sensación general. En el poco tiempo que llevaba la emergencia, entendimos q era de verdad; que este virus existía realmente y no era un invento de los medios y había que cuidarse; la gente se moría. Acá y en otras partes del mundo, se moría. En la calle ahora se precibía  la sorpresa, y la ansiedad. Y el miedo. Ahora todos nos cuidábamos, al tiempo que desconfiábamos de la poca gente al rededor; todos, potencialmente, somos portadores del virus de la muerte. Pasaba esto:





Hoy cumplimos más de diez días en cuarentena. Es decir, saliendo de casa solo por cuestiones inaplazables (comprar comida o medicamentos, cumplir con su trabajo los empleados de salud y seguridad, pasear al caniche, etc.) La gente sigue muriendo y de alguna manera empezamos a entender el mensaje; #quedarnosencasa. Quedarse en casa para tratar de ayudar. Tener paciencia. Adaptarse. 
El foco periodístico ahora parece estar puesto, no en los contagiados de Covid-19, sino en los burgueses padecimientos de quienes no tenemos permitido abandonar el sofá. El mayor peligro, sino el desabastecimiento, es aburrirse. 

Hice esta foto. Desde la ventana, claro. Porque también #yomequedoencasa.





30 de junio de 2019

Otra más que atamos con alambre

Argento eufemismo para la agudeza y la miseria, atarlo con alambre pareciera ser también un skill fundamental para la fotografía de producto, o tabletop photography, para lectores del exterior.
Lo hicimos de nuevo con esta botella de Bombay Sapphire que me trajeron de Berlín (parece que allá en Alemania no abundan los lentes agudos y miserables).




Hasta ahí la foto. Y ahora que los he dejado boquiabiertos, les cuento que lo que parece un destello estroboscópico resaltando la etiqueta, es la luz reflejada en un plato de lata. Y la máquina de misterioso, evanescente humo azul.... es palosanto. 



Va también una foto del backstage, para que quienes piensan que la fotografía es todo talento heredado y pura magia creativa, vean que también hay mucho de ingenio y cinta de empapelar. 

















Las fotos con la Canon 5D mkIII y un Samsung Galaxy S7

24 de abril de 2018

El desafío de las cien asas

Mi analógica compañera y yo salimos de excursión al Barrio Chino para jugar un poco con las cámaras de fotos; su Pentax K1000 y mi fiel G16 de Canon, en un safari urbano que prometía. 



Entre las demoras y las vacilaciones de rigor, terminamos desenfundando cuando la hora mágica era apenas un tibio recuerdo, y lo que se suponía que sería un paseo por el parque (lumínicamente hablando) se convirtió en una desesperada carrera contra la oscuridad.


Cargada su Pentax con película KODAK Pro-Image de 100 ASAS, decidimos que para emparejar el desafío ambos nos ajustaríamos a tan mezquina sensibilidad.



Las tomas que quedaron son éstas. Tuvimos que exprimir al máximo algunas ideas para encontrar fotos en el levantino crepúsculo; un desafío exigente para el sensor, el ojo creativo y el buen pulso. 

También una aventura edificante volver a las limitaciones del 35 milímetros, en días en que  la tecnología no hizo creer que para conseguir buenas fotos alcanza con tener suerte y una equipo de los caros. 

6 de marzo de 2018

El hombre y la máquina

Con el team diseño volvimos a la planta de Honda Argentina en Campana con la idea de hacer imágenes para una publicación. 
El objetivo era generar "algunas fotos buenas" (piel de gallina cuando me presionan así!) de una nueva tecnología que los japoneses están aplicando a las líneas de montaje.
Nos prometían que -tras una larga jornada de zapatos de seguridad y guardapolvos antiflama-, conoceríamos un nuevo dispositivo, modernísima tecnología disruptiva aplicada a la industria automotriz. Parece ser que la gente de Honda tenía, oculta bajo un impronunciable nombre japonés, una máquina que se movía sola.
Ver para creer, hacia allá fuimos. Más cargados de trípodes que de ilusiones.

Llegar a la planta. Aprenderse el protocolo de seguridad. Conseguir protección ocular. Caminar algunos kilómetros entre chispas y ruido ensordecedor. Llegar hasta la máquina que se mueve sola (nombre japonés acá).
-Es está, sí. Pero no anda.
-...
-Hoy estamos haciendo unas pruebas así que la movemos a mano.


Dedicarse a la fotografía es, un poco, abrazar la desilusión. 
Curtido en los desafíos de esta estimulante profesión, no digo nada y seteo mis flashes para lanzarme a la tarea de que "parezca" que se mueve sola (la fotografía y el teatro son a veces lo mismo).

Esto tampoco fue magia, sino photoshop.



26 de febrero de 2018

"Wear good shoes"

Es el consejo de los fotógrafos de Magnum. De lo más útil que puedo compartir para los que navegamos las tormentosas aguas de la fotografía. 

Y acá hago un pequeño aporte homenajeando a estas linduras. Porque cuando te gusta meterte al barro, necesitás estar bien acompañado. Les debo todo, amigas!!!





11 de julio de 2017

La proporción Áurea

Martes al mediodía en el ISEHG. Clase de primer año en la carrera de "Profesional Gastronómico" a cargo de Pancho Fernandez. Una veintena de alumnos se afana durante dos horas para esculpir una Papa williams y darle al Bife de chorizo en Croûte un aire afrancesado.
Cuando el puré de ajo está en su punto, los platos salen del horno y van a la mesa de operaciones. Ante las aterrorizadas miradas de los aspirantes, el marcial Pancho les pasa revista uno por uno. Enseguida, un valiente de cada grupo es el encargado de "explicar" el plato y la forma en que lo hicieron. Hay nervios. También pasión, alegría, risas.
Me alejo unos pasos para que encuadrar la escena con el 85 mm. y le hago un gesto al profe para que se mueva un paso al costado. Después solo tengo que apretar el obturador. 
Salió esta foto:



Se confirma entonces el postulado de que para conseguir una buena imagen, lo más importante es tener suerte.
Por supuesto que ayuda aprenderse las leyes de la Gestalt y llevar las baterías cargadas, pero una vez cumplidas estas formalidades, lo que más garpa es tener los dedos cruzados.

11 de junio de 2017

Un Rembrandt


Estudio del color y del rebote, en la previa para la jornada de fotos que tenemos en la FADU el jueves 15, hicimos este experimento con la luz; búsqueda de belleza y alegórico homenaje al maestro del claroscuro. 
Salta a la vista que el desafío era generar el característico "triángulo de luz" en un objeto que no tiene nariz. Bueno, salió más o menos así:



Acá iría un texto con la info técnica de la foto, el esquema de iluminación y demás; pero movimos tanto los flashes mientras tratábamos de embocar algo, que la verdad no me acuerdo nada, y de lo único que estoy seguro es que iluminar bien, es re difícil.
En cambio puedo compartir una foto de bakstage que hizo Mar77iogurú del diseño, la encuadernación y del malabar, mientras jugábamos con una mesa para productos que viajó desde Guangzhou.




Como para meter algún dato duro, puedo decir que la foto de la vaca vendría a ser un HighKey, y esta del Moai un LowKey. Dos técnicas que siempre garpan mucho, y que si quieren aprender pueden googlear que hay un montón de tutoriales. 

Advierto que para la botella elegimos un agudísimo par de  1/200 y f9, así que preparen los flashes porque van a disparar al máximo!


26 de enero de 2017

La foto carnet

Con un querido colega, mitad diseñador y mitad ciclista, encaramos hace poco un pequeño proyecto lúdico-didáctico que tenía que ver con iluminar la expresión facial. Contamos para ello con la insustituible colaboración del Colo Juarez; actor, padre y referente de la cultura Sanmartinense, que con la mejor de las ondas reunió una troupe de lujo para este proyecto.

Después del polvoriento montaje del set, el seamless y la cámara, tuvimos una pequeña reunión con el equipo, en la que tratamos de sintetizar el tipo de foto que queríamos hacer. Pretendíamos -yo pretendía- impresionarlos con tecnicismos sobre las propiedades de la luz, la velocidad de obturación y las inagotables posibilidades de la expresión humana. Los modelos, ya entrenado en recibir dirección artística (en realidad son actores) entendieron el concepto enseguida. Con un pragmatismo que las aspiraciones artísticas no nos permiten a los fotógrafos, el Colo dijo:
-Ah, una foto carnet!
-Bueno... Sí. Tipo foto carnet...

Estas son las fotos que quedaron, después de un pequeño ajuste de curvas para limpiar el fondo (la tela emparchada con cinta adhesiva le quitaba ritmo a la composición):







Acá el equipo. Gracias por la colaboración, por madrugar un sábado y por la paciencia para las contorsiones que les pedimos en cámara!!

11 de enero de 2016

La clave del éxito

Algunos de ustedes recordarán la repercusión que tuvo esta foto, las dudas que se plantearon sobre su veracidad, y el revuelo que generó entre en la comunidad periodística local. Antes que nada, para los que se imaginan una catarata de premios y reconocimientos varios inmediata a su publicación, lamento decir que el único reconocimiento recibido fue una sutil inclinación de cabeza de mi gélido editor, acompañada por el siguiente comentario: "al fin la pegás, muerto". Leyendo entre líneas, entendí que la foto gustó, y de paso fue elegida para ilustrar la nota;  en resumen, que el trabajo estaba bien y pudimos pasar a lo siguiente.
Meses después volví a enfrentarme al mismo desafío profesional; tratar de hacer una foto más o menos decente cuándo la luz es igual a cero, hay tanta gente alrededor que no podés caminar, los que están en el escenario se mueven todo el tiempo, alrededor hay una guerra de camarógrafos que dejan la vida por poner todos los trípodes en el mismo lugar, hace dos horas que estás parado y además tenés frío (bienvenidos a la paltipante rutina del fotoperiodista).
Silenciosamente abandoné mi puesto en la linea (la horrible posición desde la se suponía tenía que trabajar) para aventurarme un poco más allá, o más bien un poco más acá, mezclándome entre la gente que participaba del acto; (un sentido homenaje-recordatorio a las víctimas de la masacre de José León Suarez). 
De lejos, cobardemente --lo admito-- pude hacer esta foto; 

Visto a la distancia, tengo ahora que preguntarme si es éticamente correcto repetirse a uno mismo en pos de la efectividad. Hacer directamente la foto para cumplir....
Sabía que esa foto podía servir. También que podía servir ésta....
Y ésta


Estas dos, lo mismo 

Y así... Delgada es la linea entre la búsqueda creativa y el comportamiento adquirido. Pido perdón si me equivoco, dejen que la historia me juzgue. 





22 de junio de 2014

Mantenimiento del equipo

Muy bien, a juzgar por la cantidad de consultas que recibo de parte de mis seguidores, una de las grandes preocupaciones que atormentan al fotógrafo digital es la posibilidad de que distintos tipos de suciedad se posen en las partes sensibles de sus cámaras (quizás en el sensor o en el interior del lente), y aparezcan luego en las imágenes entorpeciendo el proceso creativo del autor. 
La posibilidad de que esto suceda, y las distintas maniobras para impedirlo o remediarlo, son tópico común en todos los foros de fotografía: 

  •   Cómo saber cuando hay una mota de polvo en el sensor? 
  •   Es necesario limpiarlo? Y cómo?
  •   Es eficaz el sistema de limpieza eléctrico de las cámaras?
  •   Cómo setear los datos para la eliminación automática? 
  •   Nafta o querosén?
  •   Es lícito llevar el equipo al service oficial, y pagar una pequeña fortuna para que nos digan que lo limpiaron? 
Esta y otras cuestiones técnicas de las que nada sé, le quitan el sueño a muchos fotógrafos; principalmente a los del tipo sacar una foto y volver a poner la tapa al objetivo. Y si bien yo soy más bien del otro tipo, no puedo dejar de estar a tono con las necesidades de los colegas, así es que comparto aquí una experiencia vivida en estos asuntos:
   


Como regla general, diría que cuando tus fotos se ven como ésta, tenés que tirar la cámara a la basura buscar en forma urgente un cepillito de pelo de camello y una de esas peritas sopladoras que parecen un juguete para adultos. 
Solo se trata de perder el miedo de manipular las entrañas de la cámara, pero les advierto ahora que no lo hagan cuando están metidos hasta la cintura en una laguna de agua sucia. Ni cuando viajan en auto atravesando la ciudad un viernes en la hora pico. Ni cuando tienen al lado una carrera de rally levantando nubes de polvo a cientos de kilómetros por hora.
No lo hagan. 
No.

Es una tarea simple que demora apenas unos minutos, y puede ser de vital importancia a la hora del contraluz, de los retratos en high key, o de tomar cualquier otra foto por la que alguien nos está pagando.
A los lectores intrépidos que estén por aventurarse en las profundidades de sus equipos con la intención de sopletear el sensor, les recomiendo buscar información adicional en algún otro blog. Preferentemente el de un fotógrafo que sepa cómo hacerlo y tenga la delicadeza suficienta para no romper nada en el intento. 

11 de mayo de 2014

Otra de museos

Los más fieles seguidores de este blog recordarán las desopilantes aventuras relatadas en este capítulo. Esta vez les traigo la crónica de otro recorrido fotográfico/cultural que podría titularse Breve excursión al museo de La Plata.
  Este museo funciona en un edificio centenario de características neoclásicas, en el barrio platense conocido como “del bosque” y tiene, como la mayoría de los museos, gigantescas salas con distintas colecciones de objetos que los visitantes pueden recorrer a sus anchas, más o menos sorprendidos y más o menos boquiabiertos. Además de esto hay en el museo una cafetería, una galería con columnas alrededor de un busto del perito Francisco Pascacio Moreno y una tienda de recuerdos.

12 de noviembre de 2013

Ballotage

-Lo tenés? Lo tenés?
No lo tenía. 

La persona a la que debía fotografiar estaba en el escenario, sí, pero en el fondo; detrás de dos o tres filas de personajes que saludaban y sonreían a las cámaras; en la zona marginal donde no llega el calor de las lámparas dicroicas; cerca de los cortinados que absorben la luz (oh, voraz terciopelo); moviéndose furtivamente en la zona zero (limínicamente hablando); muy lejos de los 3200 ISO, de los teles con estabilizador, del monopié. Inalcanzable.
-Bueno, seguilo.

Lo seguí: de un lado para el otro arriba del escenario, al costado de la tarima, antes de la lluvia de papelitos, después de los abrazos, bajando la escalera, entre la marea de gente abrazadora, en la fila de militantes, al costadito de la cortina. Después de eso desapareció y ya no hubo a dónde seguirlo ni como tenerlo. Y nos fuimos con las manos vacías. 

Nuestra misión había comenzado horas antes: en el calor, manejamos hasta Pacheco; buscamos estacionar en el caos de un acto peronista (para los extranjeros, acá); nos acreditamos; en el calor, escalamos la tarima destinada a la prensa y ahí esperamos cerca de tres horas mientras nos turnábamos ir al baño o a comer medialunas.
Pero después de todo ese esfuerzo llegó la época oscura, y cuando el evento terminó, consumido en un ardiente ocaso de papel picado y choripán, yo no tenía nada. Ninguna foto que se pareciera a lo que habíamos ido a buscar. Anochecía, y cuando caminábamos hasta el auto, derrotados y cabizbajos, el único consuelo fue que éramos los últimos en salir.
Pasaron los meses y el candidato que mejor medía en las encuestas pegó el batacazo, y todo fue risas en el búnker de la rivera.
Allá fuimos, cargados de trípodes e ilusiones, con el objetivo claro de mejorar el rendimiento que habíamos tenido en el último conciliábulo partidario. 
Otra vez el calor. Y tener que estacionar y acreditarse y plantar las cámaras en medio del fervor militante. Esta vez más gente, más prensa y más expectativa; recuento de votos que serán bancas, y banderas partidarias por doquier. 
Arranca la música. Aplausos, discurso motivador y arenga militante. Agradecimientos. Lluvia de papelitos y el acto que se termina.
Mientras tanto "el nuestro" arriba del escenario, pero atrás. Parece repetirse la pesadilla fotográfica, y la pregunta incisiva que pone de manifiesto la impaciencia del jefe nos hiela la sangre:
-Lo tenés?
No lo tenía. No se podía tenerlo.
-Bueno, vamos.
Y otra vez la decepción. Alrededor se desmontaban los trípodes, estandartes guerreros de la batalla mediática de  cada día. Hasta me pareció ver, de reojo, alguien que ya barría el piso, preparando el predio para el evento de mañana. 
Y cuando ya todo parecía perdido, me parece ver la luz, allá sobre el escenario.
-A ver... Pará un poco.
-Dale, vamos. 
-Pará. Pará que tengo una foto.

Corriendo un albur técnico, con el monopié al máximo y la tensión en las puntas de los pies, la cámara sostenida con la firmeza de gelatina y apuntando a la ventana que parece abrirse entre las banderas del partido:





Salió esta foto. 
La usamos nosotros, para la página y para el twitter. La pusimos en el banner. También la eligieron en el diario, para la tapa. Es cierto que era la única imagen que teníamos. Pero tuvieron que reconocer que también era una buena foto.

9 de julio de 2013

Volver, o "el chancho es pa´ el barro"

Después de un largo tiempo que pasé dedicado al más glamorosa de las fotografías, rodeado de hermosas modelos y peluqueros metrosexuales, me tocó volver a hacer un poco de lo que podemos llamar prensa diaria, breaking news,  o las fotos que las mamás se imaginan que hacen los fotógrafos.
En el caso que nos convoca (siempre les digo eso a mis alumnos), prensa diaria es un evento multitudinario con dos o tres figuras estrella, mucho público, curiosos y un nutrido entorno compuesto por personal de protocolo, el sub-secretario, los que vinieron del ministerio, la gente de cultura, el asistente de alguien, la mina que está a cargo de lo que sería, choferes y guardaespaldas todos con el mismo peinado y la misma cara de orto y así, una troupe gigantesca sin funciones específicas (salvo, quizás, los choferes), todos abocados más o menos a la misma indefinible tarea, corriendo mientras hablan por teléfono y cuyo negocio, en palabras de un poeta contemporáneo, es difícil de explicar y fácil de enseñar. Todos personajes pintorescos que parecen hacer causa común a la hora de entorpecer el trabajo de la prensa
Y finalmente la prensa, ese colectivo sin rostro al que se refieren cuando dicen "dejen entrar a la prensa", o "en este sector va a estar la prensa (y de acá no pueden salir)", o "después del acto va hablar con la prensa" (así que ahora entreténganse con canapés). 
Atrapados en una relación de amor/odio con el público, las estrellas y el entorno, la prensa se compone básicamente de fotógrafos, camarógrafos con sus asistentes, noteros cronistas y movileros, algún productor que vino porque le interesaba, y la versión amateur de cada uno de ellos; que vienen a ser viejos con cámara, nenas en jeans apretados que filman con el celular, señoras que se cruzan en la toma para preguntar "quién está" y gente del entorno que, no sujetos a las restricciones que se aplican a la prensa pero gozando de las libertades que su dudosa jerarquía les confiere, compiten con los profesionales a la hora de grabar con su teléfono o empujar.

Esta heterogénea argamasa que mata el tiempo mandando mensajitos, tratando de comer o simplemente bostezando, espera pacientemente (hace guardia, en la jerga) alguna señal -una puerta que se abre, un auditorio que aplaude, un auto oficial que se acerca hasta la entrada- para lanzarse en un frenesí taurino al grito de "ahí viene" y competir salvajemente para conseguir el material. Esto se traduce en correr, empujar, hacer una foto, empujar un poco más, tocar algunos botones de la cámara mientras se corre de espaldas, hacer esta vez una foto que sirva (siempre corriendo y empujando para  mantener la posición), y después salir rajando para enviar el material. 


Adolfo Perez Esquivel es escultor, Premio Nobel de la Paz, docente, mediador en conflictos internacionales, activista por la libertad y la autodeterminación de los pueblos, y el protagonista de esta foto con aires cincuentosos (para decir algo), que me gusta mucho y creo que es la que mejor salió de todo ese Jiu Jitsu mediático. Como se ve,  el desafío es mucho más aeróbico que estético.   




11 de marzo de 2013

Una foto para levantarme el ánimo



Enrique Piñeyro es director de cine. Además de actor, escritor, guionista, médico y piloto aeronáutico.
Es un personaje interesante y amable, que contesta todas las preguntas en  voz muy baja y con un humor sutilísimo. 

Como la entrevista que teníamos pactada sufrió varios cambios de fecha, tuve tiempo de revisar algunos libros de fotos para robar ideas buscar inspiración, y llegué a la nota con algunas ideas bastante buenas de cómo plasmar en imágenes a "un tipo como Piñeyro", en palabras de mi editor. 
Ninguna sirvió.  El lugar donde hicimos las fotos presentaba muchas opciones fotografiables, la charla fue divertida, Enrique colaboró muchísimo y el café estaba cremoso y dulce. Sin embargo, de alguna manera me las ingenié para volver sin una foto que valiera la pena.   
Estaba tan disconforme que a punto estuve de decir a quien me las había encargado que no merecía cobrar por ese trabajo (obviamente no lo hice. No lo hagan nunca, a menos que estén sumando puntos para reencarnar en vaca).
Confieso que demoré dos o tres días en bajar el material a la pc porque tenía miedo. Miedo a descartar todo lo que no servía y que entonces no quedaran fotos.

Después de una rigurosa edición y algo de retoque, encontré una imagen que quedó más o menos bien (y que me gusta). La pongo acá, para adelantar una posición en la  Rueda de Samsara.

25 de enero de 2013

Un granito de arena

Como no  me gustan las aglomeraciones, ni los sobreprecios ni la mugre, soy muy poco amante de veranear en la costa atlántica. Pero también creo que al menos una vez al año, aunque sea un ratito, hay que meterse al mar.
Este verano pude combinar tres días de frenética fotografía en pinamar, cariló/pinamar, pinamar/cariló/pinamar/pinamar/cariló (más o menos en ese orden y a esa velocidad) con dos tardes de bandera rojinegra en el líquido elemento. 
Fotográficamente hablando, cubrimos un poco la "temporada automotriz" (parece que existe algo así denominado) en las dos localidades que mencioné.
Autos nuevos y recién lustrados dentro de un bosque de pinos; de día un sol apocalíptico y de noche lámpara dicroicas (apocalípticas dicroicas). Creo que no hace falta decir más.
Lo que se ve en las fotos puede resumirse básicamente en "figuras" con dos valores distintos de exposición: quemado y negro.

En medio de tan desmoralizante trabajo tuve la oportunidad de hacer algunas fotos con una modelo superentrenada y predispuesta; una maquilladora habilísima y rápida, una productora experta y un equipo que colaboró en las más complicadas situaciones: poco tiempo, poca luz, un malentendido horario, cambios editoriales de última hora (todo parece fácil desde una silla en la redacción) y arena tratando de colarse dentro de mis equipos.


Los 15 minutos que aprovechamos de la "hora mágica"

Hicimos algunas fotos buenas en el tiempo que nos fue dado (oh, ingrato destino). Éso, y el rato que pasé batallando con las olas, hizo que valga la pena el frenético viaje.
Una especial felicitación el piloto que logró posicionar el vehículo en el punto indicado, en el ángulo exacto y al momento preciso para captar la luz de la "hora mágica". El resto fue solo apretar el disparador.

21 de diciembre de 2012

El ministro, el pintor y la dama

Esta foto es un poco vieja pero viene a cuento de una conversación que teníamos ayer. Veía fotos de una colega que trabaja en moda (en estudio, con maquilladoras, trípodes y aire acondicionado) y pensaba en lo frustrante que es a veces trabajar en la calle y no poder lograr la calidad y prolijidad que nos gustaría, con esas iluminaciones tan cuidadas y esas chicas tan elegantes que salen en las revistas y que tanto les gustan a las mamás.

En la calle quiere decir en cualquier lugar donde es un desafío hacer una foto decente, ya no digamos una foto buena, porque no hay luz/no hay tiempo/no hay lugar/solamente dos temas/es un área restringida y todo así.

Esta foto del plenipotenciario, entonces ministro y comodín kirchnerista, rural-looking imán de votantes Julián Dominguez, la hicimos en Pergamino, en un evento organizado por el INTA para intercambiar tecnología agrícola con países del África subsahariana (Ghana, Angola, Congo, Mozambique, Namibia, Tanzania y algún vecino más)



En un predio gigantesco en medio del campo se mezclaban periodistas, productores, rotocultivadoras, embajadores africanos vestidos de blanco (el terror de los fotógrafos), policías, parlantes, un helicóptero, la mesa de los canapés y toda la espeluznante maquinaria para trabajar la tierra. 

Nada más bajar de la combi y poner un pie en medio del caos, mi compañero me gana de mano: Vos hacelo al ministro.
-Y la nota?
-No, no sé. Capaz la hago por teléfono. O hablo con el de prensa. O leo la gacetilla. Vos hacé la foto.
Osea, vos-hacé-la-foto-como-puedas.

La estrategia fue unirme al séquito del ministro y agazaparme como una fiera a la espera de una oportunidad (??!?). Pasé la siguiente hora caminando entre las máquinas bajo un sol de justicia, con la mochila colgada, la cámara al hombro, el 70-200 atado a la cintura y en la mano el trípode con una caja de luz (tranquilos, la extra small!).
Si a alguien le divertía ver al fotógrafo recorriendo los campos de soja con una lámpara japonesa en la mano, se guardó muy bien de hacer algún comentario.

Con paciencia (y calor) fui atravesando los infernales círculos del entorno ministerial hasta llegar a Dominguez. Lo separé de los demás (mostrando uñas y dientes) y alguien le alcanzó un mate.
Una foto decente, nomás, que esta muy bien para ser hecha en la calle.


6 de agosto de 2012

La magia del cine

En realidad, de la fotografía editoral. Pero las hice tan apurado que me acerqué bastante a los 24 cuadros por segundo del séptimo arte.
  • The challenge: Fotografiar una entrevista, en forma de "mesa redonda", que se había realizado días atrás, a más de 1000 kilómetros de distancia, en la ciudad de Formosa.
  • The plan: Ubicar a los tres entrevistados en una oficina del microcentro, y pedirles que "representen" la charla que habían tenido (si hubieran sido actores, todo habría resultado demasiado facil).
  • The plus: Hacer una foto de apertura para la nota. Donde los tres personajes aparecieran mirando a cámara, preferentemente felices, y esta vez sin estar simulando nada.


La primera sorpresa fue cuando llegué, a la hora pautada, al lugar pautado. Nada más recibirme, mi "contacto" en el lugar (el agente de prensa de IPCVA) me informa:
 -Están en una reunión. No los puedo sacar.
Decidimos que voy a volver a las cuatro (hora y media más tarde) para tener tiempo de buscar un lugar propicio, armar y probar las luces, y liberar a los tres actores a las cinco.
-Mirá que a las 5 se van, eh. Me advierte la apocalíptica voz de la conciencia.

Decido caminar unas cuadras hasta el café que me gusta y me quedo mirando el reloj hasta la hora convenida.
Como el guardia de seguridad de la entrada casi no me hizo perder tiempo y el ascensor llegó enseguida, estuve de vuelta en el lugar antes de las 4.
Grande fue mi sorpresa cuando me apeé en el piso 22 y lo vi a "contacto" haciendo la foto con su teléfono celular. Me mira con pánico.
-Se tienen que tomar un avión. Pensé que no llegabas.
En este punto, sólo la desesperación que sentí impidió que me desmayara.
Me presento a los entrevistados, formateo la tarjeta, me saco la campera y trato de memorizar su nombres. Todo junto y al mismo tiempo que busco de reojo un lugar donde fotografiarlos, mientras trato de adivinar cuántos tercios de potencia tengo que bajar el flash para que coincida con las dicroicas asesinas del rincón.

Lo que siguió fue un torbellino de indicaciones y fotos, donde no me alcanzaba el aire para decirle a los tres al mismo tiempo dónde se tenían que parar y hacia dónde tenían que mirar.
Los improvisados actores colaboraron entusiasmados (había que tomar ese avión) y fueron enormemente creativos al momento de imaginar que los estaban entrevistando.
Gracias a eso pudimos lograr tres imágenes (bastante anodinas pero "correctas") que sirvieron para ilustrar la nota, en apenas diez minutos exactos!!
En el medio hasta tuve tiempo de sacarme los zapatos para subirme a un sillón de cuero que parecía nuevo, y hacer que los actores probaran dos o tres cambios de vestuario (no, esto no).

Recién cuando mis modelos se abalanzaron escaleras abajo en busca de un taxi al aeropuerto, me dí cuenta de lo silenciosa que estaba la habitación. El "contacto" y yo nos miramos como si acabáramos de bajar ilesos del pulpo del ItalPark.

Foto 1: Prueba de luz. Notarán aquí la total ausencia de fotómetro, cartón gris al 18% o cualquier otra herramienta  que destile profesionalismo. 




Foto 2: La última, diez minutos después. En el medio solamente el flash rebotando en el techo, con el cabezal del zoom seteado a 24mm y sostenido por el amabilísimo "contacto", que seguía disparando fotos con su iphone. El trípode y mi querido paraguas tuvieron que quedarse en el estuche.


30 de junio de 2012

Una agradable sorpresa editorial

Guillermo Calabrese es actualmente el director del Colegio de Cocineros Gato Dumas, y es uno de los cocineros "mediáticos" o "cocineros de la tele", lo que significa que está acostumbrado a las cámaras, a las fotos, al maquillaje y a los "prenseros". También es uno de los pocos chefs (tal vez el único) capaz de aceptar el desafío de hacer un programa de cocina por radio, donde de nada sirve el recurso de picar la zanahoria chiquitita, y vale menos un "paladar absoluto" que un registro de barítono, y donde el crepitar de los chinchulines encima de la parrilla se convierte en el climax de la programación. 
La idea de fotografiar al cocinero-actor en las espaciosas y relucientes aulas-cocina de la escuela prometía un éxito fotográfico.
Don Guillermo colaboró alegremente durante las tomas (también lo hizo un asistente cuyo nombre no recuerdo, cortando perfectas julianas de morrón y zapallitos), proponiendo y actuando mucho más esmeradamente que todos los cocineros que conozco.
Pudimos hacer varias imágenes que los curiosos pueden ver acá, y que los menos esforzados pueden adivinar: Baste decir que se parecen a la-foto-que-se-publica-cuando-se-entrevista-a-un-cocinero (un poco de cinismo profesional).
Enardecido mi ánimo por las fotos que habíamos logrado, y animado por la predisposición del chef, decidí probar una foto que me gusta mucho y casi nunca me sale bien. Ante las miradas de los presentes; intrigado el hombre de las julianas, predispuesto el señor director de la escuela de cocina, y recelosa la prensera (desconfiando de cualquier cosa que yo o alguien más pudiera hacer o decir, incluso sugerir, y que escapara a los lineamientos de lo aprendido en la carrera de comunicación), apagué mi flash y me coloqué debajo de la linea de cucharones con las piernas bien abiertas y los codos pegados al cuerpo (eso para los que pensaban que no iban a aprender nada  en este blog), y le pedí a Guillermo que pasara caminando delante de mí. 
La foto que salió fue esta:

 En la primera edición que hice para enviar las fotos, se quedó afuera. Me pareció que era demasiado "artística", y que no servía (que no la querrían usar) para ilustrar la nota. 
Mientras elegía en su lugar imágenes más prolijas y clásicas, me preguntaba qué sentido tiene disparar fotos predestinadas al descarte.
Decidí que tener la posibilidad de hacer fotos como esta, es la razón por la cual hacemos todas las demás, y la envié junto con el resto para tranquilizar un poco a mi conciencia poética. Conciencia que se vio recompensada cuando encontré que la imagen había sido la elección principal del editor. 
El regocijo compartió espacio con un poco de culpa por pensar que la edición tan "cuadrada" que se hacía, no dejaba margen para la creatividad. 



29 de abril de 2012

Una foto que no salía bien. O "cómo hacer una foto con dos flashes, utilizando un sólo flash".

Isela Costantini es la nueva CEO argento-brasilera de la General Motors en el país. En este país. Era una nota de tapa segura, y fuimos (fui) con una idea concreta de la foto que tenía que hacer.  Un retrato que pudiera recortarse, preferentemente con un fondo blanco o bien iluminado, con un poco de angular (solo un poco) y la modelo en alguna postura que denotara la actitud fuerte y enérgica que se supone debe tener una mujer joven que llegò a ocupar unalto cargo en una empresa lider dentro de un sector particularmente competitivo. Después de cumplir con todo esto tendría la libertad de hacer algunas fotos más (para la apertura de la nota y algún recuadro) “como yo quisiera”.
En el mail de la gente de prensa de General Motors advertían “Van a tener una hora para toda la nota”, así que tuve la precaución de llegar con tiempo suficiente. Suficiente para tomar un café en la esquina y después esperar en un sillón mientras se hacía tarde. Cuando me recibieron tuve cinco minutos para dar una rápida mirada a la sala de reuniones y armar el equipo. Valga la redundancia cuando digo que la sala de reuniones era una sala horrible sin atractivo ninguno, y que sería el principal obstáculo a vencer para conseguir una foto ya no digamos impactante, sino por lo menos decente.
Después de otro pequeño cambio de planes (no de “nuestros” planes) nos avisaron que solo tendríamos 50 minutos para la nota (la nota y las fotos). En el tiempo que me correspondía me las arreglé para hacer algunos retratos con y sin los horrendos banners plásticos que me habían facilitado, y después le pedí a Isela que se ubicara delante de una pared blanca para hacer fotos que fueran más fáciles de recortar. Me subí a la mesa lo más rápido que pude para evitar que me detuvieran, y disparé las fotos que tenía pensadas, con el fondo blanco, el gran angular, un ángulo ligeramente picado, y la luz del flash bien cerca del sujeto para darle algo de carácter a la iluminación.
Después tuve la osadía de proponer que siguiéramos haciendo fotos en la entrada del edificio. Creo que aceptaron solamente porque ahí estaba la oportunidad de incluir en las fotos algún vehículo de la marca.
Me apuré para hacer fotos con distintos lentes, horizontales y verticales, incluyendo o no el auto que habían traído. Cuando terminamos, Isela, que había colaborado muchísimo para las fotos, me dijo con una sonrisa encantadora: “espero que no tengamos que volver a hacer fotos hasta dentro de tres años, por lo menos”.
Ni ella ni yo imaginamos que estaríamos repitiendo las tomas sólo dos días después. Esta vez sí, con  mucho menos tiempo y entusiasmo. 


La idea que más gustaba era esta, pero no convencía la diferencia de iluminación entre el lado derecho y el izquierdo del sujeto, cosa que yo había planeado estratégicamente, colocando mi paraguas (a esta altura, la estrella indiscutida del blog) a pocos centímetros del rostro de Isela (un palmo, para los lectores angloparlantes). Me parecía que esa diferencia de luz aportaba algún atractivo al retrato anodino que estaba haciendo. 

El problema parecía ser que, una vez recortada la silueta y pegada sobre un fondo liso, esa diferencia de iluminación resultaba antinatural
Se me ocurrió que podía resultar antinatural y a la vez atractiva. O  bien, que se podía eliminar ese efecto degradando el color del fondo en la misma proporción del sujeto.
Pero insistir en esto podía interpretarse como un rechazo a la idea de salir corriendo con mi gigantesca mochila y el bolso del trípode, para atravesar el microcentro a la hora pico en busca de una nueva imagen, así que acepté el desafío y partí. 
Los ánimos de dos días atrás se habían esfumado, y ni la gente de prensa de GM, ni su flamante CEO, ni la recepcionista ni yo estábamos tan entusiasmados con la idea de las fotos. Me advirtieron que esta vez sí tendríamos apenas unos minutos para resolver.

Pedí a mi sujeto que se ubicara de costado ante una pared blanca, tan cerca como las normas de la buena educación me lo permitían. Del otro lado puse mi paraguas, esta vez arriba de la mesa y bastante más alejado. Se supone que de esta manera, la cantidad de luz que llega al sujeto, y la que llega un poco más allá y rebota en la pared blanca, no son taaaaan diferentes, y se obtiene una iluminación mucho más pareja que puede parecer (a cualquiera que no se tome un minuto entero para analizar la foto), la que producirían dos fuentes de luz. 
-Para una mejor comprensión de esta idea, por favor lean cualquier otro blog de gente que realmente sabe lo que hace y puede explicarlo mucho más claramente-.
 Hice apenas tres fotos rogando que salieran bien, atento al mismo tiempo a los reflejos, a las sombras, a los mechones de pelo que pudieran desordenarse, a las arrugas de la ropa que podían aparecer, al pestañeo inoportuno y así.

De vuelta en la redacción todo quedó en manos del "Gato" Arima, excelso gurú del diseño y la composición. Con su talento, mi material y la opinión de todos los que al caso andaban por ahí, se propusieron tres o cuatro modelos de tapas bastante satisfactorias (que son las que ilustran esta entrada y cuyo crédito compartimos). 
Finalmente, la versión elegida, y que fue a la tapa de la revista que todos ustedes compraron (si no es así, vayan a comprarla ahora!), esta hecha con una de las fotos de la primera sesión, iluminada apenas con la luz de un día nublado: